jueves, 19 de mayo de 2016

VIGILIA DE PENTECOSTÉS. 2016

LEMA.- EL ESPÍRITU NOS IMPULSA A SER MISERICORDIOSOS
Monición de entrada.- Hermanos y hermanas, buenas noches. La comunidad parroquial de Celendín, con participación activa de los diversos grupos parroquiales,  nos reunimos para celebrar la fiesta de Pentecostés en este año de la misericordia. Puestos en pie cantamos acogiendo al Espíritu simbolizado en el fuego y la paloma.
Canto de entrada.- Espíritu Santo, ven, ven
Saludo.-
Monición.- Pentecostés es la fiesta del espíritu, fuerza renovadora. Diferentes grupos parroquiales nos animan a acoger sus llamados.
(Divina Misericordia).- El espíritu nos impulsa a resucitar a la misericordia (se coloca cartel alrededor de la paloma y se hace una brevísima explicación)
 (Animadores de la catequesis).- El espíritu nos impulsa a resucitar al cuidado de la casa común.
(EDOC).- El espíritu nos impulsa a resucitar a la participación política.
(Bodas de Caná).-  El espíritu nos impulsa a ser una Iglesia en salida.
(Laicas Vedrunas).- El espíritu nos impulsa a ser y construir una ciudadanía comprometida.
(San Lucas).- El espíritu nos impulsa a resucitar al pluralismo.
(Los jóvenes confirmandos).- El espíritu nos impulsa a resucitar a la alegría.

Monición.- Acogiendo estas invitaciones, cantamos alegres la gloria del Señor.
Canto del gloria. Gloria Trinidad
Oración colecta.-
Monición.- Llega el momento de la escucha profunda. En la Palabra descubrimos la acción transformadora del espíritu.
1 lectura.- Ex 19, 3-8a
Canto.- El espíritu de Dios está en este lugar
2 lectura.- Rm 8, 22-27
Secuencia (2 lectores. Canto cada dos estrofas). Siento una inquietud
Aleluya “No puede estar triste”.
Evangelio.- Jn 7, 37-39
Homilía.
Monición a la renovación de las promesas.- El tiempo de Pascua, que concluimos con la fiesta de Pentecostés, nos impulsa a vivir una vida nueva que vaya de acuerdo con nuestra fe en Dios, fe que ahora expresamos. 
Renovación promesas.
Monición a la aspersión.- Con la aspersión asumimos los compromisos bautismales de vivir como hijos de Dios y hermanos entre nosotros.
Aspersión. Canto. Mi Dios está vivo
Preces de los fieles.-
Breña.- Por la iglesia para que avivada por la fuerza del Espíritu Santo siga experimentando aquel impulso renovador  que transformó la vida de los discípulos el día de Pentecostés. Roguemos al Señor
San Cayetano. Pedimos por los gobernantes para que realicen su tarea con acierto. Para que nuestro voto sea reflexionado y responsable y los ciudadanos nos organicemos para participar con interés en la vida pública. Roguemos al Señor.
El Porvenir.- Señor, te pedimos que envíes tu Espíritu sobre nuestros hermanos que sufren pobreza, orfandad, abandono, enfermedad, privacidad de su libertad. Que con los dones del Espíritu Santo tengan fuerza y voluntad para enfrentar estas limitaciones de la vida. Roguemos al Señor.   
Sevilla.- Por nuestra comunidad parroquial, para que vivamos de acuerdo a los valores evangélicos y sigamos anunciando a Jesús que pasó por la vida haciendo el bien.  Roguemos al Señor.
San Isidro.- Por nuestro pueblo de Celendín, para que reine siempre la unidad y el bienestar, trato digno en todas las instituciones, respeto a los derechos, justicia, paz y búsqueda del bien común desde la fuerza del Espíritu. Roguemos al Señor.

Ofrendas.-
Cumbe. El barrio del Cumbe ofrecemos estos víveres para que el equipo de Acción Social comparta con nuestros hermanos más necesitados.
Bellavista. Te ofrecemos, Señor, a estos hermanos, quienes iluminados y animados por el Espíritu Santo, se reúnen puntualmente para alcanzar su formación catequética, dando ejemplo de fidelidad a Dios nuestro Padre, que es el Señor de la vida
El Carmen. Maceta y semillas. Estas pequeñas semillas son los dones que tú nos regalas y que siembras en cada uno de nosotros: amor, paz, justicia, esperanza, y que con tu ayuda podremos recoger frutos de fraternidad, solidaridad, compromiso, disponibilidad y servicio a los demás.
El Milagro. Con el pan y el vino te ofrecemos el fruto de nuestro trabajo, la ilusión de vivir la alegría y el llanto de tantos hombres y mujeres que luego se convertirán en la ofrenda agradable a Dios
Canto de ofertorio.- Alfarero
Plegaria Eucarística
            Santo. Historia
            Padrenuestro
            Paz.  Quiero compartir mi vida
Comunión- El Señor nos dará su Espíritu Santo
                        Ven espíritu de Dios sobre mí
Monición.- El barrio  del Rosario nos comparte la acción de gracias.
Acción de gracias.- Padre misericordioso, te damos gracias, porque a través de tu Espíritu Santo, has derramado tu amor sobre el mundo, inicia la misión evangelizadora de la Iglesia.
Gracias porque tu Espíritu sigue transformándonos a pesar de nuestras debilidades y limitaciones, él mueve los corazones y los llena de esperanza, alienta, acompaña, anima y fortalece el caminar de la iglesia
Gracias por regalarnos tus dones para dar testimonio de Ti.

Oración de postcomunión.
Bendición.
Monición final.- Después de orar juntos vamos a participar de un sencillo compartir. Al terminar nos desplazaremos por grupos a la UGEL, Hospital, Fiscalía y Municipalidad, para expresar que el Espíritu nos llama a la transformación de nuestro mundo, llenándolo de valores humanos y evangélicos.  
Canto despedida.- Nos envías por el mundo
 

 ORACIÓN EN LAS INSTITUCIONES
La primera parte común para todas
Canto.- Ilumíname, Señor, con tu espíritu
Oración.- Señor Jesucristo, Tú eres el rostro visible del Padre invisible. El, rico en misericordia, nos ama y perdona a todos y muestra su predilección por los más débiles. Tú nos has enseñado a ser misericordiosos como el Padre.  
Te pedimos que la fuerza de tu Espíritu renueve esta institución y pueda así cumplir adecuadamente sus fines.

Comunicado.- Movidos por los impulsos del Espíritu de Dios, como comunidad parroquial buscamos la mejora de la vida personal y comunitaria. Desde ese objetivo, hacemos llegar el siguiente mensaje a esta institución.
UGEL
VALORAMOS los avances que se dan en esta faceta tan importante:
·         Aumenta el número de alumnos que terminan las diversas etapas del proceso educativo.
·         Mayor preocupación de los profesores por su formación permanente.
·         Mejoras en las instalaciones educativas.
ANIMAMOS A
·         Conseguir erradicar totalmente la corrupción en todas las instancias educativas.
·         Adjudicar las plazas vacantes con transparencia y equidad, evitando favoritismos.
·         Hacer realidad que todos los alumnos reciban el servicio adecuado, priorizando  la atención a los de los lugares más alejados.
·         Potenciar las relaciones cordiales entre profesores, alumnos, padres  de familia y todas las instituciones educativas para mejorar la calidad educativa.
·         Ser profesores comprometidos dentro y fuera de los centros educativos, pues la tarea educativa del docente es permanente.
MUNICIPALIDAD
VALORAMOS los avances que se están dando en Celendín:
·         Mayor orden en el mercado, el tráfico, la construcción.
·         Obras de mejora en diferentes comunidades de nuestro distrito.
·         Sensibilidad social.
ANIMAMOS A
·         Que la Municipalidad sea casa de todos y para todos, sin favoritismos partidistas.
·         Continuar cuidando el orden y la limpieza.
·         Velar por la seguridad ciudadana.
·                                   Favorecer la participación popular en la toma de decisiones importantes.

HOSPITAL
VALORAMOS
·         La tenencia de un hospital y ambulancias.
·         El incremento de personal así como de postas médicas que acercan los servicios a los más alejados.
·         La universalización del Seguro Integral de Salud
ANIMAMOS A
·         Mantener un trato afable con todos, sin discriminación.
·         Continuar mejorando la  atención tanto con equipamiento adecuado como con incremento de recursos humanos.
·         Solicitar mayor presupuesto.

FISCALÍA
VALORAMOS
·        Algunos operativos realizados para combatir actividades ilegales o ilícitas con presencia de menores.
·        Los avances en la defensa de los derechos de la mujer y  las personas más desfavorecidas.
·        El esfuerzo de las distintas instituciones tanto del Ministerio Público como del Ministerio de Justicia por sancionar los delitos.
ANIMAMOS A
·         Que el personal que labora en dichas instituciones públicas tenga una mayor integración con la población
·         Conseguir erradicar totalmente la corrupción en todas las personas e instancias que tienen que ver con la impartición de justicia, así como aliviar la burocracia y la demora de los trámites.
·         Procurar que las sentencias no tengan exclusivamente carácter punitivo, sino que busquen  la rehabilitación de las personas.
·         Tener un trato  preferencial con las personas más sencillas. 

lunes, 14 de marzo de 2016

SEMANA SANTA 2016 EN CELENDÍN

AÑO DE LA MISERICORDIA
Toda la gran familia eclesial nos disponemos a celebrar nuestra gran fiesta, la Semana Santa. Y dentro de ella, lo más importante: el Triduo Pascual, en el que se actualiza el misterio de la muerte y resurrección de Jesús y su proyección sobre nosotros y nuestro mundo. 
Esta celebración anual viene marcada en el 2016 por el colorido de la misericordia. Sobre esta actitud nos dice nuestro buen Papa Francisco:
·        El Padre, «rico de misericordia» (Ef 2,4), ya reveló su nombre a Moisés como «Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad » (Ex 34,6). Contemplar el misterio de la misericordia es fuente de alegría, de serenidad y de paz.
Con frecuencia las personas vivimos de espaldas a Dios y al hermano. Ahora bien, ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. El no se cansa nunca de perdonar; somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón. Su misericordia expresa cuánto nos quiere y su gran bondad con nosotros.
          Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona revela la misericordia de Dios. Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia; eso le llevaba a responder a las necesidades de las personas con acciones concretas que cambiaban sus vidas.
          Estamos invitados a vivir el lema del año: “Misericordiosos como el Padre”.  Experimentar la misericordia de Dios con nosotros nos ha de llevar a hacer lo mismo con los demás. Si perdonamos alcanzaremos la serenidad del corazón. Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices.
          La Iglesia está llamada a hacer visible la compasión y la misericordia. Esto se realiza de dos formas: ofreciendo perdón y teniendo una actitud preferencial hacia los más pobres. Como  el samaritano de la parábola, la Iglesia ha de ser sensible a la situación de los más desfavorecidos, acercarse a ellos y responder con acciones curativas. En ese sentido Francisco habla de una Iglesia que ha de curar heridas. A eso nos ayuda tener en cuenta las obras de misericordia: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos.  A estas obras de misericordia tradicionales podríamos añadir otras: dar trabajo a los parados, cuidar la tierra, nuestra casa común, ser justos, ejercer la denuncia de las injusticias, pagar nuestros impuestos…
La actitud misericordiosa que adoptó Jesús le va a llevar a la muerte. Sus enemigos religiosos lo persiguen porque no entendían que presentara a un Dios misericordioso, que ama y perdona siempre y a todos. Para ellos Dios es el que premia a los buenos, pero castiga a los malos. También rechazaban a ese Dios de Jesús que prefiere a los pobres, enfermos, pecadores. Podemos, pues, afirmar que por ser fiel al Dios de la misericordia encontró la muerte. Pero el Padre lo resucitó, con lo cual le está dando la razón.
La Semana Santa nos introduce en una dinámica de muerte-vida. Viviendo la misericordia con los demás estamos muriendo a nosotros mismos, a nuestro orgullo, a nuestros deseos de venganza y rencor, y provocando así que el que ha actuado mal se sienta aceptado, valorado y se abran ante él posibilidades de mejora.
La vivencia del perdón abre las puertas a unas relaciones diferentes, que harán posible la Pascua, el paso a una vida más humana, más evangélica, más fraterna. Y la preocupación por los pobres desembocará en mejorar sus condiciones vitales con lo que estaremos avanzando en ese deseo de conseguir vida digna  para todos.
Ojalá los representantes políticos elegidos nos ayuden a lograr estas metas.
HORARIOS EN CELENDÍN

DOMINGO DE RAMOS
10 am.- PROCESIÓN DE RAMOS Y EUCARISTÍA
(Procesión sale del barrio San Isidro, cruce de Moquegua y Pardo,  hasta el Templo de la Inmaculada, donde se celebrará la Misa).
7,30 pm.- EUCARISTÍA

JUEVES SANTO
4 pm.- CELEBRACIÓN DE LA ÚLTIMA CENA DEL SEÑOR.
7 pm.- HORA SANTA Y ADORACIÓN EUCARÍSTICA POR BARRIOS


VIERNES SANTO
3 pm.- CELEBRACIÓN DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
7,30 pm.- VIA CRUCIS-SANTO ENTIERRO

DOMINGO DE RESURRECCIÓN 
10 pm (Sábado).- CELEBRACIÓN DE LA VIGILIA PASCUAL
          (Es la celebración más importante del año. Traer vela)
11 am.- EUCARISTÍA (Templo de la Inmaculada)
7,30 pm.- EUCARISTÍA

Horarios para la adoración ante el Monumento. Jueves Santo.

  • De 7 a 8.-  Hora Santa para todos.
  • De 8 a 9.- Santa Rosa, Pallac, Shuitute, Malcat, Pilco Molinopampa, Pumarume, Bello Horizonte y El Mirador.
  • De 9 a 10.- El Porvenir, El Edén, Guayao, Sevilla, Pueblo Nuevo, Bellavista, Chacapampa, Poyunte, El Milagro.
  • De 10 a 11.- El Carmen, San Isidro, Los Jardines, La Alameda y La Breña.
  • De 11 a 12.- San Cayetano, El Rosario, El Cumbe y Central.
  • A las  12 se cierra el templo.


sábado, 19 de diciembre de 2015



BOLETÍN PARROQUIAL:
  S E M I L L A S

Nº 36- Diciembre –Celendín  2015




EL FENÓMENO DEL NIÑO
Han transcurrido varios meses desde que se anunció la llegada del fenómeno del Niño. Pero no acaba de llegar, lo cual es comprensible, pues los niños no llegan de la noche a la mañana. Aunque hay algunos más apurados que llegan a los 7 meses, la mayoría tardan nueve desde su anuncio hasta su nacimiento. La verdad es que no tenemos prisa en verle su carita, pues es un Niño no deseado, por lo que más que esperado, es temido.
De este Niño se nos dijo que muy probablemente iba a ser fuerte, muy fuerte. Un Niño terrible, como su abuelo del 83 y su padre del  98. Sin duda es una familia violenta que provoca inseguridad ciudadana. Somos conscientes de que la presencia de sus antepasados causó inundaciones, destrozos de caminos y carreteras, daños en viviendas, cosechas malogradas… en resumen, a su paso dejaron un ecosistema herido.

Si bien es cierto que últimamente nos llegan noticias más tranquilizadoras afirmando  que son menores las posibilidades de que sea un Niño cargado de fiereza, no obstante, si uno sabe que van a venir a atacarle, prepara sus defensas. 

Esto es lo que estamos haciendo, más aun teniendo en cuenta los antecedentes
vividos. De ahí que se esté llevando a cabo la limpieza de ríos y quebradas.


Es propicia la ocasión para que cada cual dé una repasadita a sus tejados y realice en sus casas y chacras los arreglos oportunos. Bueno sería que nos concienciemos en la necesidad del cuidado del agua y de los lugares públicos. Los cauces de los ríos son espacio para el agua, no botadero de basura.
Deseable es que, por una parte, el Niño nos encuentre preparados y, por otra, se vaya cuanto antes, pues los seres destructores no son objeto de deseo. 




¡QUÉ FENÓMENO DE NIÑO!
Si el anterior no la era, ahora sí hablamos de un Niño deseado, largamente esperado. Muchas generaciones de oriente  murieron con las ganas de contemplar su llegada. Hasta que en medio de un ambiente donde reinaban la pobreza y la debilidad se oyó el anuncio gozoso: “Hoy les ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor”. Llega el Niño.
¡Qué Niño! Será la luz que sofoca las tinieblas, el agua que colma la sed de felicidad, la puerta que da acceso a otra manera de entender la vida, el camino que lleva hasta el necesitado, la resurrección que prolonga lo bello de la existencia entregada. No es extraño que ante un Niño así, se den la mano el cielo y la tierra, la luz y las tinieblas,  los ángeles y los pastores, los nacionales y los magos extranjeros, el oro con el incienso y hasta la mirra, de la que no sabemos ni lo que es, pero que no quiere perderse la fiesta.   Con él todo se unifica, brota la vida, surge la alegría.
Ante su anuncio, la Iglesia se viste de adviento, de espera, de encuentro. Recibirlo desde la gratuidad y acogerlo desde el misterio, como hicieron su madre y José, supone abrir nuestra existencia al amor,  la ternura, la solidaridad,  el servicio. Así se va produciendo el milagro de la salvación, de la llegada de un mundo nuevo donde habite la justicia. 
Acojamos entusiasmados a este Niño, que hace visible a Dios envuelto en pañales de misericordia.



P. Antonio S. B .

viernes, 10 de julio de 2015

DISCURSO DE FRANCISCO EN EL ENCUENTRO CON LOS MOVIMIENTOS POPULARES REUNIDOS EN LA CIUDAD BOLIVIANA DE SANTA CRUZ.



Hermanos, hermanas. Buenas tardes a todos.

Hace algunos meses nos reunimos en Roma y tengo presente ese primer encuentro nuestro. Durante este tiempo los he llevado en mi corazón y en mis oraciones. Me alegra verlos de nuevo aquí, debatiendo los mejores caminos para superar las graves situaciones de injusticia que sufren los excluidos en todo el mundo. Gracias Señor Presidente Evo Morales por acompañar tan decididamente este Encuentro.

Aquella vez en Roma sentí algo muy lindo: fraternidad, garra, entrega, sed de justicia. Hoy, en Santa Cruz de la Sierra, vuelvo a sentir lo mismo. Gracias por eso. También he sabido por medio del Pontificio Consejo Justicia y Paz que preside el Cardenal Turkson, que son muchos en la Iglesia los que se sienten más cercanos a los movimientos populares. ¡Me alegra tanto! Ver la Iglesia con las puertas abiertas a todos Ustedes, que se involucre, acompañe y logre sistematizar en cada diócesis, en cada Comisión de Justicia y Paz, una colaboración real, permanente y comprometida con los movimientos populares. Los invito a todos, Obispos, sacerdotes y laicos, junto a las organizaciones sociales de las periferias urbanas y rurales, a profundizar ese encuentro.

Dios permite que hoy nos veamos otra vez. La Biblia nos recuerda que Dios escucha el clamor de su pueblo y quisiera yo también volver a unir mi voz a la de Ustedes: Las famosas tres T: tierra, techo y trabajo para todos nuestros hermanos y hermanas. Lo dije y lo repito: son derechos sagrados. Vale la pena, vale la pena luchar por ellos. Que el clamor de los excluidos se escuche en América Latina y en toda la tierra.

Primero de todo.

1. Empecemos reconociendo que necesitamos un cambio. Quiero aclarar, para que no haya malos entendidos, que hablo de los problemas comunes de todos los latinoamericanos y, en general también de toda la humanidad. Problemas que tienen una matriz global y que hoy ningún Estado puede resolver por sí mismo. Hecha esta aclaración, propongo que nos hagamos estas preguntas:

- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien en un mundo donde hay tantos campesinos sin tierra, tantas familias sin techo, tantos trabajadores sin derechos, tantas personas heridas en su dignidad?

- ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando estallan tantas guerras sin sentido y la violencia fratricida se adueña hasta de nuestros barrios? ¿Reconocemos que las cosas no andan bien cuando el suelo, el agua, el aire y todos los seres de la creación están bajo permanente amenaza?

Entonces, digámoslo sin miedo: necesitamos y queremos un cambio.

Ustedes en sus cartas y en nuestros encuentros me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?

Si esto así, insisto, digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos. Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco.

Queremos un cambio en nuestras vidas, en nuestros barrios, en el pago chico, en nuestra realidad más cercana; también un cambio que toque al mundo entero porque hoy la interdependencia planetaria requiere respuestas globales a los problemas locales. La globalización de la esperanza, que nace de los Pueblos y crece entre los pobres, debe sustituir esta globalización de la exclusión y la indiferencia.

Quisiera hoy reflexionar con Ustedes sobre el cambio que queremos y necesitamos. Saben que escribí recientemente sobre los problemas del cambio climático. Pero, esta vez, quiero hablar de un cambio en el otro sentido. Un cambio positivo, un cambio que nos haga bien, un cambio podríamos decir redentor. Porque lo necesitamos.

Sé que Ustedes buscan un cambio y no sólo ustedes: en los distintos encuentros, en los distintos viajes he comprobado que existe una espera, una fuerte búsqueda, un anhelo de cambio en todos los Pueblos del mundo. Incluso dentro de esa minoría cada vez más reducida que cree beneficiarse con este sistema reina la insatisfacción y especialmente la tristeza. Muchos esperan un cambio que los libere de esa tristeza individualista que esclaviza.

El tiempo, hermanos, hermanas, el tiempo parece que se estuviera agotando; no alcanzó el pelearnos entre nosotros, sino que hasta nos ensañamos con nuestra casa. Hoy la comunidad científica acepta lo que hace, ya desde hace mucho tiempo denuncian los humildes: se están produciendo daños tal vez irreversibles en el ecosistema.

Se está castigando a la tierra, a los pueblos y las personas de un modo casi salvaje. Y detrás de tanto dolor, tanta muerte y destrucción, se huele el tufo de eso que Basilio de Cesarea llamaba «el estiércol del diablo». La ambición desenfrenada de dinero que gobierna. Ese es el estiércol del diablo. El servicio para el bien común queda relegado. Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones de los seres humanos, cuando la avidez por el dinero tutela todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo, destruye la fraternidad interhumana, enfrenta pueblo contra pueblo y, como vemos, incluso pone en riesgo esta nuestra casa común.

No quiero extenderme describiendo los efectos malignos de esta sutil dictadura: ustedes los conocen. Tampoco basta con señalar las causas estructurales del drama social y ambiental contemporáneo. Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán o a regodearnos en lo negativo. Al ver la crónica negra de cada día, creemos que no hay nada que se puede hacer salvo cuidarse a uno mismo y al pequeño círculo de la familia y los afectos.

¿Qué puedo hacer yo, cartonero, catadora, pepenador, recicladora frente a tantos problemas si apenas gano para comer? ¿Qué puedo hacer yo artesano, vendedor ambulante, transportista, trabajador excluido si ni siquiera tengo derechos laborales? ¿Qué puedo hacer yo, campesina, indígena, pescador que apenas puedo resistir el avasallamiento de las grandes corporaciones? ¿Qué puedo hacer yo desde mi villa, mi chabola, mi población, mi rancherío cuando soy diariamente discriminado y marginado? ¿Qué puede hacer ese estudiante, ese joven, ese militante, ese misionero que patea las barriadas y los parajes con el corazón lleno de sueños pero casi sin ninguna solución para sus problemas?

Pueden hacer mucho. Pueden hacer mucho. Ustedes, los más humildes, los explotados, los pobres y excluidos, pueden y hacen mucho. Me atrevo a decirles que el futuro de la humanidad está, en gran medida, en sus manos, en su capacidad de organizarse y promover alternativas creativas, en la búsqueda cotidiana de «las tres T» ¿De acuerdo? (trabajo, techo, tierra) y también, en su participación protagónica en los grandes procesos de cambio, Cambios nacionales, cambios regionales y cambios mundiales. ¡No se achiquen!

2. Ustedes son sembradores de cambio. Aquí en Bolivia he escuchado una frase que me gusta mucho: «proceso de cambio». El cambio concebido no como algo que un día llegará porque se impuso tal o cual opción política o porque se instauró tal o cual estructura social. Dolorosamente sabemos que un cambio de estructuras que no viene acompañado de una sincera conversión de las actitudes y del corazón termina a la larga o a la corta por burocratizarse, corromperse y sucumbir.

Por eso me gusta tanto la imagen del proceso, los procesos, donde la pasión por sembrar, por regar serenamente lo que otros verán florecer, remplaza la ansiedad por ocupar todos los espacios de poder disponibles y ver resultados inmediatos. La opción es por generar proceso y no por ocupar espacios. Cada uno de nosotros no es más que parte de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: pueblos que luchan por una significación, por un destino, por vivir con dignidad, por «vivir bien». Dignamente, en ese sentido.

Ustedes, desde los movimientos populares, asumen las labores de siempre motivados por el amor fraterno que se revela contra la injusticia social. Cuando miramos el rostro de los que sufren, el rostro del campesino amenazado, del trabajador excluido, del indígena oprimido, de la familia sin techo, del migrante perseguido, del joven desocupado, del niño explotado, de la madre que perdió a su hijo en un tiroteo porque el barrio fue copado por el narcotráfico, del padre que perdió a su hija porque fue sometida a la esclavitud; cuando recordamos esos «rostros y esos nombres» se nos estremecen las entrañas frente a tanto dolor y nos conmovemos… Todos nos conmovemos, porque «hemos visto y oído», no la fría estadística sino las heridas de la humanidad doliente, nuestras heridas, nuestra carne. Eso es muy distinto a la teorización abstracta o la indignación elegante. Eso nos conmueve, nos mueve y buscamos al otro para movernos juntos. Esa emoción hecha acción comunitaria no se comprende únicamente con la razón: tiene un plus de sentido que sólo los pueblos entienden y que da su mística particular a los verdaderos movimientos populares.

Ustedes viven cada día, empapados, en el nudo de la tormenta humana. Me han hablado de sus causas, me han hecho parte de sus luchas ya desde Buenos Aires y yo se los agradezco. Ustedes, queridos hermanos, trabajan muchas veces en lo pequeño, en lo cercano, en la realidad injusta que se les impuso y a la que no se resignan, oponiendo una resistencia activa al sistema idolátrico que excluye, degrada y mata.

Los he visto trabajar incansablemente por la tierra y la agricultura campesina, por sus territorios y comunidades, por la dignificación de la economía popular, por la integración urbana de sus villas, por la autoconstrucción de viviendas y el desarrollo de infraestructura barrial, y en tantas actividades comunitarias que tienden a la reafirmación de algo tan elemental e innegablemente necesario como el derecho a «las tres T»: tierra, techo y trabajo.

Ese arraigo al barrio, a la tierra, al oficio, al gremio, ese reconocerse en el rostro del otro, esa proximidad del día a día, con sus miserias porque las hay, las tenemos y sus heroísmos cotidianos, es lo que permite ejercer el mandato del amor, no a partir de ideas o conceptos sino a partir del encuentro genuino entre personas, necesitamos instaurar esta cultura del encuentro porque ni los conceptos ni las ideas se aman; se aman las personas.

La entrega, la verdadera entrega surge del amor a hombres y mujeres, niños y ancianos, pueblos y comunidades… rostros y nombres que llenan el corazón. De esas semillas de esperanza sembradas pacientemente en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar este mundo.

Veo con alegría que ustedes trabajan en lo cercano, cuidando los brotes; pero, a la vez, con una perspectiva más amplia, protegiendo la arboleda. Trabajan en una perspectiva que no sólo aborda la realidad sectorial que cada uno de ustedes representa y a la que felizmente está arraigado, sino que también buscan resolver de raíz los problemas generales de pobreza, desigualdad y exclusión.

Los felicito por eso. Es imprescindible que, junto a la reivindicación de sus legítimos derechos, los Pueblos y sus organizaciones sociales construyan una alternativa humana a la globalización excluyente. Ustedes son sembradores del cambio. Que Dios les dé coraje, alegría, perseverancia y pasión para seguir sembrando. Tengan la certeza que tarde o temprano vamos de ver los frutos.

A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas, pero si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, de los campesinos e indígenas, de los trabajadores excluidos y las familias marginadas, seguramente no se van a equivocar.

La Iglesia no puede ni debe ser ajena a este proceso en el anuncio del Evangelio. Muchos sacerdotes y agentes pastorales cumplen una enorme tarea acompañando y promoviendo a los excluidos en todo el mundo, junto a cooperativas, impulsando emprendimientos, construyendo viviendas, trabajando abnegadamente en los campos de la salud, el deporte y la educación. Estoy convencido que la colaboración respetuosa con los movimientos populares puede potenciar estos esfuerzos y fortalecer los procesos de cambio.

Y tengamos siempre presente en el corazón a la Virgen María, una humilde muchacha de un pequeño pueblo perdido en la periferia de un gran imperio, una madre sin techo que supo transformar una cueva de animales en la casa de Jesús con unos pañales y una montaña de ternura. María es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Yo rezo a la virgen tan venerada por el pueblo boliviano para que permita que este Encuentro nuestro sea fermento de cambio. El cura habla largo parece ¿no? Nooo (responden todos).

3. Por último quisiera que pensemos juntos algunas tareas importantes para este momento histórico, porque queremos un cambio positivo para el bien de todos nuestros hermanos y hermanas, eso lo sabemos. Queremos un cambio que se enriquezca con el trabajo mancomunado de los gobiernos, los movimientos populares y otras fuerzas sociales, eso también lo sabemos. Pero no es tan fácil definir el contenido del cambio, podría decirse, el programa social que refleje este proyecto de fraternidad y justicia que esperamos, no es fácil de definir.

En ese sentido, no esperen de este Papa una receta. Ni el Papa ni la Iglesia tienen el monopolio de la interpretación de la realidad social ni la propuesta de soluciones a los problemas contemporáneos. Me atrevería a decir que no existe una receta. La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan buscando su propio camino y respetando los valores que Dios puso en el corazón.

Quisiera, sin embargo, proponer tres grandes tareas que requieren el decisivo aporte del conjunto de los movimientos populares:

3.1. La primera tarea es poner la economía al servicio de los Pueblos: Los seres humanos y la naturaleza no deben estar al servicio del dinero. Digamos NO a una economía de exclusión e inequidad donde el dinero reina en lugar de servir. Esa economía mata. Esa economía excluye. Esa economía destruye la Madre Tierra.

La economía no debería ser un mecanismo de acumulación sino la adecuada administración de la casa común. Eso implica cuidar celosamente la casa y distribuir adecuadamente los bienes entre todos. Su objeto no es únicamente asegurar la comida o un “decoroso sustento”. Ni siquiera, aunque ya sería un gran paso, garantizar el acceso a «las tres T» por las que ustedes luchan. Una economía verdaderamente comunitaria, podría decir, una economía de inspiración cristiana, debe garantizar a los pueblos dignidad «prosperidad sin exceptuar bien alguno» (1) Esta última frase la dijo el Papa Juan XXIII hace 50 años. Jesús dice en el evangelio que aquel que le dé espontáneamente un vaso de agua cuando tiene sed será acogido en el reino de los cielos. Esto implica «las tres T» pero también acceso a la educación, la salud, la innovación, las manifestaciones artísticas y culturales, la comunicación, el deporte y la recreación.

Una economía justa debe crear las condiciones para que cada persona pueda gozar de una infancia sin carencias, desarrollar sus talentos durante la juventud, trabajar con plenos derechos durante los años de actividad y acceder a una digna jubilación en la ancianidad. Es una economía donde el ser humano en armonía con la naturaleza, estructura todo el sistema de producción y distribución para que las capacidades y las necesidades de cada uno encuentren un cauce adecuado en el ser social. Ustedes, y también otros pueblos, resumen este anhelo de una manera simple y bella: «vivir bien». Que no es lo mismo que ver pasar la vida.

Esta economía no es sólo deseable y necesaria sino también posible. No es una utopía ni una fantasía. Es una perspectiva extremadamente realista. Podemos lograrlo. Los recursos disponibles en el mundo, fruto del trabajo intergeneracional de los pueblos y los dones de la creación, son más que suficientes para el desarrollo integral de «todos los hombres y de todo el hombre». (2)

El problema, en cambio, es otro. Existe un sistema con otros objetivos. Un sistema que además de acelerar irresponsablemente los ritmos de la producción, además de implementar métodos en la industria y la agricultura que dañan la Madre Tierra en aras de la «productividad», sigue negándoles a miles de millones de hermanos los más elementales derechos económicos, sociales y culturales. Ese sistema atenta contra el proyecto de Jesús. Contra la Buena Noticia que trajo Jesús.

La distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es mera filantropía. Es un deber moral. Para los cristianos, la carga es aún más fuerte: es un mandamiento. Se trata de devolverles a los pobres y a los pueblos lo que les pertenece.

El destino universal de los bienes no es un adorno discursivo de la doctrina social de la Iglesia. Es una realidad anterior a la propiedad privada. La propiedad, muy en especial cuando afecta los recursos naturales, debe estar siempre en función de las necesidades de los pueblos. Y estas necesidades no se limitan al consumo. No basta con dejar caer algunas gotas cuando lo pobres agitan esa copa que nunca derrama por sí sola. Los planes asistenciales que atienden ciertas urgencias sólo deberían pensarse como respuestas pasajeras, coyunturales. Nunca podrán sustituir la verdadera inclusión: ésa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario.

Y en este camino, los movimientos populares tienen un rol esencial, no sólo exigiendo y reclamando, sino fundamentalmente creando. Ustedes son poetas sociales: creadores de trabajo, constructores de viviendas, productores de alimentos, sobre todo para los descartados por el mercado mundial.

He conocido de cerca distintas experiencias donde los trabajadores unidos en cooperativas y otras formas de organización comunitaria lograron crear trabajo donde sólo había sobras de la economía idolátrica y vi que algunos están aquí. Las empresas recuperadas, las ferias francas y las cooperativas de cartoneros son ejemplos de esa economía popular que surge de la exclusión y, de a poquito, con esfuerzo y paciencia, adopta formas solidarias que la dignifican. ¡Y qué distinto es eso a que los descartados por el mercado formal sean explotados como esclavos!

Los gobiernos que asumen como propia la tarea de poner la economía al servicio de los pueblos deben promover el fortalecimiento, mejoramiento, coordinación y expansión de estas formas de economía popular y producción comunitaria.

Esto implica mejorar los procesos de trabajo, proveer infraestructura adecuada y garantizar plenos derechos a los trabajadores de este sector alternativo. Cuando Estado y organizaciones sociales asumen juntos la misión de «las tres T» se activan los principios de solidaridad y subsidiariedad que permiten edificar el bien común en una democracia plena y participativa.

3.2. La segunda tarea, eran 3, es unir nuestros Pueblos en el camino de la paz y la justicia.

Los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino. Quieren transitar en paz su marcha hacia la justicia. No quieren tutelajes ni injerencias donde el más fuerte subordina al más débil. Quieren que su cultura, su idioma, sus procesos sociales y tradiciones religiosas sean respetados.

Ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía y, cuando lo hacen, vemos nuevas formas de colonialismo que afectan seriamente las posibilidades de paz y de justicia porque «la paz se funda no sólo en el respeto de los derechos del hombre, sino también en los derechos de los pueblos particularmente el derecho a la independencia» (3)

Los pueblos de Latinoamérica parieron dolorosamente su independencia política y, desde entonces llevan casi dos siglos de una historia dramática y llena de contradicciones intentando conquistar una independencia plena.

En estos últimos años, después de tantos desencuentros, muchos países latinoamericanos han visto crecer la fraternidad entre sus pueblos. Los gobiernos de la Región aunaron esfuerzos para hacer respetar su soberanía, la de cada país y la del conjunto regional, que tan bellamente, como nuestros Padres de antaño, llaman la «Patria Grande». Les pido a ustedes, hermanos y hermanas de los movimientos populares, que cuiden y acrecienten esa unidad. Mantener la unidad frente a todo intento de división es necesario para que la región crezca en paz y justicia.

A pesar de estos avances, todavía subsisten factores que atentan contra este desarrollo humano equitativo y coartan la soberanía de los países de la «Patria Grande» y otras latitudes del planeta. El nuevo colonialismo adopta diversa fachadas. A veces, es el poder anónimo del ídolo dinero: corporaciones, prestamistas, algunos tratados denominados «de libres comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los trabajadores y de los pobres.

Los obispos latinoamericanos lo denunciamos con total claridad en el documento de Aparecida cuando afirman que «las instituciones financieras y las empresas transnacionales se fortalecen al punto de subordinar las economías locales, sobre todo, debilitando a los Estados, que aparecen cada vez más impotentes para llevar adelante proyectos de desarrollo al servicio de sus poblaciones». Hasta aquí la cita. (4) En otras ocasiones, bajo el noble ropaje de la lucha contra la corrupción, el narcotráfico o el terrorismo –graves males de nuestros tiempos que requieren una acción internacional coordinada– vemos que se impone a los Estados medidas que poco tienen que ver con la resolución de esas problemáticas y muchas veces empeora las cosas.

Del mismo modo, la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico. Como dicen los Obispos de África, muchas veces se pretende convertir a los países pobres en «piezas de un mecanismo y de un engranaje gigantesco». (5)

Hay que reconocer que ninguno de los graves problemas de la humanidad se puede resolver sin interacción entre los Estados y los pueblos a nivel internacional. Todo acto de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en todo en términos económicos, ecológicos, sociales y culturales. Hasta el crimen y la violencia se han globalizado. Por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común.

Si realmente queremos un cambio positivo, tenemos que asumir humildemente nuestra interdependencia, es decir, nuestra sana interdependencia. Pero interacción no es sinónimo de imposición, no es subordinación de unos en función de los intereses de otros. El colonialismo, nuevo y viejo, que reduce a los países pobres a meros proveedores de materia prima y trabajo barato, engendra violencia, miseria, migraciones forzadas y todos los males que vienen de la mano… precisamente porque al poner la periferia en función del centro les niega el derecho a un desarrollo integral. Y eso hermanos es inequidad y la inequidad genera violencia que no habrá recursos policiales, militares o de inteligencia capaces de detener.

Digamos NO entonces a las viejas y nuevas formas de colonialismo. Digamos SÍ al encuentro entre pueblos y culturas. Felices los que trabajan por la paz.

Y aquí quiero detenerme en un tema importante. Porque alguno podrá decir, con derecho, que «cuando el Papa habla del colonialismo se olvida de ciertas acciones de la Iglesia». Les digo, con pesar: se han cometido muchos y graves pecados contra los pueblos originarios de América en nombre de Dios. Lo han reconocido mis antecesores, lo ha dicho el CELAM El Consejo Episcopal Latinoamericano y también quiero decirlo. Al igual que San Juan Pablo II pido que la Iglesia y cito lo que dijo Él «se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos» (6). Y quiero decirles, quiero ser muy claro, como lo fue San Juan Pablo II: pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América.

Y junto a este pedido de perdón y para ser justos también quiero que recordemos a millares de sacerdotes, obispos que se opusieron fuertemente a la lógica de la espada con la fuerza de la cruz. Hubo pecado y abundante, pero no pedimos perdón y por eso pido perdón, pero allí también donde hubo abundante pecado, sobreabundó la gracia a través de esos hombres de esos pueblos originarios. También les pido a todos, creyentes y no creyentes, que se acuerden de tantos Obispos, sacerdotes y laicos que predicaron y predican la buena noticia de Jesús con coraje y mansedumbre, respeto y en paz; No me quiero olvidar de las monjitas que anónimamente van a los barrios pobres llevando un mensaje de paz y dignidad, que en su paso por esta vida dejaron conmovedoras obras de promoción humana y de amor, muchas veces junto a los pueblos indígenas o acompañando a los propios movimientos populares incluso hasta el martirio.

La Iglesia, sus hijos e hijas, son una parte de la identidad de los pueblos en Latinoamérica. Identidad que tanto aquí como en otros países algunos poderes se empeñan en borrar, tal vez porque nuestra fe es revolucionaria, porque nuestra fe desafía la tiranía del ídolo dinero. Hoy vemos con espanto cómo en Medio Oriente y otros lugares del mundo se persigue, se tortura, se asesina a muchos hermanos nuestros por su fe en Jesús. Eso también debemos denunciarlo: dentro de esta tercera guerra mundial en cuotas que estamos viviendo, hay una especie de -fuerzo la palabra- genocidio en marcha que debe cesar.

A los hermanos y hermanas del movimiento indígena latinoamericano, déjenme transmitirle mi más hondo cariño y felicitarlos por buscar la conjunción de sus pueblos y culturas, eso que yo llamo poliedro, una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas la pluralidad que no atenta, sino que fortalece la unidad. Su búsqueda de esa interculturalidad que combina la reafirmación de los derechos de los pueblos originarios con el respeto a la integridad territorial de los Estados nos enriquece y nos fortalece a todos.

3. 3. Y la tercera tarea, tal vez la más importante que debemos asumir hoy, es defender la Madre Tierra.

La casa común de todos nosotros está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente. La cobardía en su defensa es un pecado grave. Vemos con decepción creciente como se suceden una tras otra cumbres internacionales sin ningún resultado importante. Existe un claro, definitivo e impostergable imperativo ético de actuar que no se está cumpliendo. No se puede permitir que ciertos intereses –que son globales pero no universales– se impongan, sometan a los Estados y organismos internacionales, y continúen destruyendo la creación.

Los Pueblos y sus movimientos están llamados a clamar, a movilizarse, a exigir –pacífica pero tenazmente– la adopción urgente de medidas apropiadas. Yo les pido, en nombre de Dios, que defiendan a la Madre Tierra. Sobre éste tema me he expresado debidamente en la Carta Encíclica Laudato si’ que creo que les será dada al finalizar. Tengo dos páginas y media en esta cita, pero (como resumen basta (verificar y falta)

4. Para finalizar, quisiera decirles nuevamente: el futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las élites. Está fundamentalmente en manos de los Pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño. Y cada uno Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ningún campesino sin tierra, ningún trabajador sin derechos, ningún pueblo sin soberanía, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez.

Sigan con su lucha y, por favor, cuiden mucho a la Madre Tierra. Rezo por ustedes, rezo con ustedes y quiero pedirle a nuestro Padre Dios que los acompañe y los bendiga, que los colme de su amor y los defienda en el camino dándoles abundantemente esa fuerza que nos mantiene en pie: esa fuerza es la esperanza, y una cosa importante la esperanza que no defrauda, gracias.

Y, por favor, les pido que recen por mí. Y si alguno de ustedes no puede rezar, con todo respeto, les pido que me piense bien y me mande buena onda.

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(1) Juan XXIII, Carta enc. Mater et Magistra (15 mayo 1961), 3: AAS 53 (1961), 402.

(2) Pablo VI, Carta enc. Popolorum progressio, n. 14.

(3) Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 157.

(4) V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (2007), Documento Conclusivo, Aparecida, 66

(5) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal Ecclesia in Africa (14 septiembre 1995), 52: AAS 88 (1996), 32-33; Id., Cart enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 22: AAS 80 (1988), 539.

(6) Juan Pablo II, Bula Incarnationis mysterium, 11.